Si hay una diseñadora argentina que domina el arte de los sombreros, esa es Sol Pardo. De su mano repasamos su vida en un envidiable trayecto profesional de la firma que lleva su apellido.

texto de ESTER IBARGUREN

Mucha de la irreverencia de sus sombreros y su inapelable originalidad encuentren, tal vez, su semilla en una crianza con familias antagónicas que poblaron de experiencias su mundo infantil, para hacer de Sol Pardo la joven diseñadora y artista que es hoy. Desde Barcelona nos concede esta entrevista exclusiva, en la que nos muestra parte de su universo.

Leí acerca de cómo surgiste, de tu aparición en los medios y el reconocimiento de Vogue. ¿Cómo fue tu última aventura creativa? ¿Existe el miedo de que se puedan llegar a terminar las ideas? Cada vez que hago una colección tengo miedo de no haber sido lo suficientemente creativa o me entran un montón de preguntas acerca de si lo que estoy haciendo está bien, porque siempre tengo la sensación de que las colecciones anteriores, fueron mejores y que no voy a poder superarlas. Siempre está el miedo a perder la creatividad, pero cuando entro en el proceso creativo siento que me estoy arriesgando mucho, sobre todo porque intento cambiar bastante, por más que todo se englobe en una estética que es la estética propia. A veces estoy más estimulada, viajar, ir a museos, o estar con gente distinta me ayuda mucho a estar más creativa. Por lo general las colecciones van de lo que me va pasando en mi vida, de hecho la colección ‘No name’ tiene que ver con eso, con que migré de un lugar donde me conocían todos, en Argentina, a Barcelona donde no me conocía nadie.

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¿Y el humor? ¿Lo tenés en cuenta, más allá de lo que está pasando en tu vida, del estado de ánimo, el sentido del humor tiene un papel al momento de crear? Cuando más segura me pongo como diseñadora, más me divierte hacer cosas con el feísmo. Con la colección ‘No name’ todos los metacrilatos que elegía eran con colores que nunca antes había usado porque me parecían hediondos: turquesa, naranja, blanco pleno. Así que intento divertirme mucho, generar contrastes. Me pasa con el trabajo de otros diseñadores, veo una colección de Loewe y digo qué fea, y después como es fea me llama la atención, la miro tanto que me empieza a gustar. Porque encuentro que en esa fealdad aparece la novedad, lo distinto, de lo que no está establecido. Hago cosas que son provocativas para mí y sé que va a provocar a otros.

Y en esto de mirar colecciones que hicieron otros, que son reconocidos, te pasa de decir: ¿Eso lo podría haber hecho yo? Me pasa más la sensación de ver algo que otro publicó y se parece a lo que tengo preparado, sucede en el mismo tiempo como una cuestión social, como los ciclos de la historia de arte. El ser humano cambia, se aburre, y estamos como coordinados en ese cambio. Me pasó con un desfile de Gucci, cuando estaba haciendo la colección ‘transhumanismo’, que la temática era la misma. Yo estaba presentando en Milán y Gucci también, no se parecían en la estética pero sí en el concepto.

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Eso es una sintonía con el contemporáneo. Y tu infancia, ¿te sirve para recuperar sensaciones, colores o también para pensar preguntas que se puede hacer a gente cuando ve tus sombreros? De chiquita era bastante movediza -se ríe de una descripción suya que aparece en un medio “La disléxica de Quilmes que llegó a Milán”- en la escuela me costó mucho aprender leer y todas las tareas del colegio me resultaban tediosas. Tuve una infancia súper estimulada, mi abuelo era Director de Cultura en Quilmes, fue artista y maestro de la escuela de Bellas Artes mucho tiempo y estuvo relacionado con su fundación.

Yo tengo dos familias, la de mi mamá es de origen obrero, ella es la primera profesional de su familia; y la de mi papá que era muy culta, no una familia aristocrática, pero si una familia con apellido importante.

Entonces yo en la casa de una de mis abuelas podía hacer lo que quería, trepar a los árboles, embarrarme y en la casa de la otra abuela era todo más estricto. Mi abuela no nos dejaba comer entre comidas, eran todas actividades culturales y de cómo se tenía que comportar una señorita. Eso a mí me encantaba.
Me ponían a dibujar mucho tiempo. Me acuerdo de preguntarle a mi abuelo que tenía que dibujar y él me decía que no me tenía que decir qué hacer, me mandaba a la biblioteca para estimularme y yo hacía mis interpretaciones de Picasso, Miró, Dalí, Kandinsky. Personas que hoy en día siguen teniendo mucho que ver con mi estética. Siguen siendo importantes para mis colecciones, las vanguardias siguen siendo una fuente de inspiración para mí. Cuando murieron mis abuelos y se desarmó esa casa, me volví a encontrar con esos libros, libros que volví a ver en la universidad.

¿Tres cosas que consideres son necesarias para portar un sombrero, para lucir alguna de tus creaciones? De alguna manera empatía por querer invertir, llevar y portar un sombrero de un joven diseñador que lucha por un mundo mejor desde lo psicológico y a veces también desde lo green. Actitud, porque hoy en día la gente te dice “¿un sombrero? y todos te miran. Y aunque parezca algo muy tonto hay que tener actitud para usarlo. Ganas de llevar una pieza que otra persona no puede llevar. Entonces sería empatía, valentía y ganas de sentirse especial.

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Cuando más segura me pongo como diseñadora, más me divierte hacer cosas con el feísmo.

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fotos de IVÁN RESNIK

 

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