Su historia es un hito que permite dimensionar la realidad de miles de personas a quienes les fue asignado su género al nacer y han vivido para lograr el cambio.

por Ester Ibarguren

A los veintiséis años la joven neoyorkina crecida en el conflictivo barrio del Bronx logró atravesar una serie de operaciones de reasignación de género, convirtiéndose así en la primera mujer trans del país, luego de someterse a un año de terapia hormonal. Su intervención fue realizada en Dinamarca, donde Christian Hamburger, médico cirujano, y un psicólogo, el Doctor Georg Sturup conformaron el equipo que la ayudaría a cumplir su sueño. Si bien la prensa sensacionalista de la época se ocupó de presentar su historia como la de un joven que fue soldado en la Segunda Guerra Mundial devenido en una rubia glamorosa; Christine logró capturar la atención suficiente para convertirse en una estrella de Hollywood, y en una con mucho estilo por cierto.

Dueña de una sofisticación particular y una mirada lánguida, Chrisitne logró brillar como bailarina de cabaret, actriz y cantante. En el abundante material fotográfico que la retrata aparece enfundada elegantemente en ceñidos tailleurs y vestidos según la moda de la época en la que Christian Dior revitalizara la figura ultrafemenina de la mano del New look. Pero fundamentalmente se distinguió por llevar adelante la bandera del activismo, siendo un referente ante la comunidad en un momento en que hablar de transgénero significaba perderse en un mar de explicaciones, cuando no de justificaciones. Su posición en el show business le permitió empezar un camino de desmitificación y derrumbe de prejuicios, un camino que la coloca como pionera si pensamos que corría la década del cincuenta.

Quitar del anonimato esta historia de vida es un acto por la igualdad, en un mundo donde la diversidad es un hecho y la aceptación todo un camino a construir.